Siempre lo he dicho, las dos frases favoritas de los aficionados sobre los futbolistas son “¡Es el mejor!”, y “¡Está acabado!”. Efectivamente, la línea entre el amor y el odio es muy fina. Además, no se odia a cualquiera. Se dice que el odio conlleva una carga de respeto, pues a los que nos parecen insignificantes simplemente los despreciamos. Por ello, por la especial significancia que tienen en nuestras vidas, llegamos a odiar a los futbolistas. Lo normal sería odiar al futbolista enemigo, pero no pocas veces las iras van dirigidas a uno de nuestro bando.
Lo cierto es que, para empezar, pocos futbolistas son realmente simpáticos; con pocos se iría uno a tomar unas copas (por lo menos yo). Suelen ser personajes incultos, tirando a zafios y en general aburridos. ¿Alguien ha oído hablar a Julio Salinas, o a Agustín? Sólo son dioses por sus cualidades futbolísticas (bueno, Julio Salinas no). De los últimos años del Madrid pocos se librarían de esto. Me vienen a la cabeza Solari o César. Con todo, aguantamos a las estrellas de turno mientras brillan sobre el césped. Pero ay, cuando comienza su decadencia, llegamos a sentir un verdadero odio africano. A mí me han llegado a parecer realmente insufribles Figo y Zidane, entre otros estrellones. Ronaldo está en proceso, y Roberto Carlos, que empezó siendo popularísimo, ha ido viendo cómo se degradaba su imagen debido a su ego y a sus a menudo cargantes declaraciones.
El caso paradigmático sería Raúl. Es un tipo hosco, directamente soso. Recuerdo sus primeros tiempos, cuando en las celebraciones de los títulos era el más expresivo y el que mostraba más algarabía, pero siempre sospeché que esa actitud era una impostura. Como si fuera consciente de su seriedad congénita e intentara compensarla montando mucha jarana. Con su declive futbolístico, la antipatía por Raúl se expande incontrolada por los cuatro confines (menos en el silente Bernabéu, ese recinto de reglas indescifrables). Además, por ser un futbolista con un juego poco vistoso, está teniendo una decadencia especialmente arrastrada, no cuajada de destellos como la de Zidane. Simplemente corre mucho, suda, falla y nos cabrea a todos.
Por todo esto, no son muchos los futbolistas que salen por la puerta grande. La etapa decadente puede hacerse larga y a veces hay que sacarlos a escobazos. Recordemos los más bien tristes finales de Hierro, Butragueño, Suker, Figo… El caso más tremendo que recuerdo fue la retirada de Míchel: En su último partido, el público exhibió una pancarta de despedida enorme, dedicada… ¡a Laudrup! El danés abandonaba el club también ese día, tras tan sólo dos temporadas en el mismo, contra las diecinueve de Míchel, once de ellas en el primer equipo. Ni una mísera ovación para el madrileño… Claro que en esta ocasión (con todos los peros que se puedan poner al personaje), se podría hablar de ruindad más que de odio. Esa es otra, la de los caprichos del público madridista, pero de eso ya hemos hablado en otras ocasiones.
Seguramente es una cuestión de saber dosificar… El otro día, en Highbury, salió en el minuto 40 de la segunda parte Bergkamp, con 36 años. Creo que esa es la forma correcta de tratar a los veteranos, guardarlos como una especie de lujo, como un arma secreta… le sacan al final del segundo tiempo y la gente dice “¡ey, tenemos a Bergkamp!” Si nosotros hiciéramos eso con Zidane podríamos tenerlo dos o tres temporadas más, no me importaría. Pero como parece que aquí o se es titular o nada, estoy deseando que salga escopetado. Un jugador al que dosificamos bien fue Sanchís, por eso salió en loor de multitudes. Sí, sin duda la modestia e irse a tiempo es lo mejor, como pasó con Camacho, Santillana, Gallego, Chendo… Sin modestia pero a tiempo se fue Hugo Sánchez; incluso se podría haber quedado algún añito más. Otros se fueron cuando aún estaban en plenas facultades, como Seedorf o Schuster.
Pero volviendo al Madrid actual, puedes llegar a sentir odio por alguien que normalemte te dejaría por completo indiferente, como es el caso de López Caro. Este buen señor, que habría pasado plácidamente inadvertido en la vida si fuera panadero, es ahora vilipendiado por millones de personas porque es él quien tiene la tarea de colocar los muñecos, y además lo hace rematadamente mal. Quién se lo iba a decir.
De lo que ocurra en los próximos meses dependerá que pase esta espiral de antipatía. Si se derrama la sangre simbólica que reclama la afición, los ánimos se calmarán considerablemente. Ya están listos en el altar de los sacrificios Zidane, Ronaldo, Roberto, Helguera y alguno más. Está por ver que en el último momento no le tiemble la mano al sumo sacerdote. Raúl, como es una especie de sacerdote asistente, parece que se librará. Así, nos quedamos a la espera de nuevos ídolos que levanten nuestros corazones, y deseamos no tener que llegar a detestarlos nunca.



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